Hasta el momento el acuerdo más significativo que se logró en la Cumbre de Copenhague, un evento que será recordado por las enormes diferencias entre países a la hora de abordar el tema ambiental, es el de evitar que la temperatura del planeta suba más de dos grados centígrados.
Aunque el presidente de Estados Unidos, Barack Obama insistió en que lo más importante que podía hacer era “construir confianza entre los países desarrollados y los países en desarrollo”, la tendencia durante toda la cumbre fue la de señalar la poca voluntad política de las potencias a la hora de asumir compromisos serios con la disminución de emisiones.
La Unión Europea llegó a Copenhague con un compromiso claro de reducir sus emisiones en un 20% en el año 2020 en relación al nivel de 1990, con la posibilidad de ampliarlo a un 30% si otros países hacen un esfuerzo similar, y de aportar 7.200 millones de euros hasta 2012 para que los países pobres puedan adaptarse al cambio climático.
Estados Unidos, por su parte, no hizo ningún pronunciamiento sobre sus compromisos, aparte del anuncio que hizo Hillary Clinton ayer sobre el fondo de 100 billones de dólares para ayudar a los países en desarrollo en el proceso de adaptación al cambio climático.
“Nosotros ya trazamos nuestra ruta, asumimos compromisos y haremos lo que nos propusimos”, fue la respuesta de Obama, haciendo clara referencia a su programa de energía limpia, lo que causó malestar entre los demás países, especialmente China, quien se opuso firmemente a que sus emisiones fueran monitoreadas por un organismo internacional.
La Fundación Mundial para la Protección de la Vida Salvaje señaló que Obama defraudó a la comunidad internacional al no lograr un compromiso de parte del congreso. Para ellos, la única forma en que podemos estar seguros de que Estados Unidos cumplirá con sus promesas, es que el presidente Obama haga del cambio climático la siguiente prioridad de su gobierno.




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